Investigadores
John Moore
John Moore es un enfermo de leucemia que se curó. Su médico patentó células suyas y obtuvo suculentos beneficios.
Cualquier enfermo de leucemia que se haya recuperado puede hablar de un antes y un después en su vida. Este es el caso de un empresario de Seattle, cuyo antes y después no está marcado por su curación, sino por el descubrimiento de una patente y, por lo tanto, del propietario de sus células, el doctor David Golde de la Universidad de California. "Me llamo John Moore, aunque mi identidad también podría ser Patente 4380440 de Estados Unidos" es la presentación que hace de sí mismo.
Moore visita Europa cuando el Parlamento europeo estudia una directiva sobre la protección jurídica de los inventos tecnológicos y pocos meses después de que 21 países firmasen en el marco del Consejo de Europa el primer documento internacional sobre derechos humanos y biomedicina, en el que se considera que "ninguna parte del cuerpo humano puede ser objeto de ganancias financieras".
¿Cómo se percató de que su médico había patentado sus células?
Me di cuenta durante mi última visita, porque me pidió que firmase un documento para ceder los derechos sobre mis líneas celulares. Me puse en contacto con mis abogados y descubrieron que el doctor Golde había publicado artículos sobre el descubrimiento de la que llamó línea Mo, las dos primeras letras de mi apellido, en las células que había extraído de la médula de un enfermo de leucemia en Seattle; además averiguaron que lo había patentado. Más tarde supimos que había firmado un acuerdo exclusivo con el Genetics Institute de Boston, que le dio a cambio 75.000 acciones valoradas entonces en unos 390 millones de pesetas y que había también acordado con Sandoz los derechos mundiales de comercialización de los productos farmacéuticos que pudiesen resultar de la información genética de mis células.
¿Usted no sabía nada?
Me dijo que el tipo de leucemia que yo padecía era único y que investigaban sobre ello. Me pareció bien. Cuando me pidió que firmase, le pregunté si había algo comercial y me dijo que no, que trabajaba para la Universidad de California y que sólo pretendía investigar para curar a otras personas. Mi médico mintió porque temía que me enterara de que estaba sacando un beneficio comercial.
¿De qué manera plantearon sus abogados el caso?
La cláusula principal de la demanda judicial fue el equivalente al robo en derecho civil, es decir, tomar bienes ajenos para beneficio propio. Durante el proceso comprobamos que obtuvieron beneficios y que en ningún momento me informaron de lo que se llevaban entre manos. El doctor Golde incluso reconoció que nunca dijo nada porque yo, simplemente, era el paciente.
Y perdieron ustedes el juicio...
Sí. La decisión del Tribunal Supremo de Los Ángeles fue, por mayoría, que la investigación sobre células humanas desempeña un papel clave en la investigación médica, aislando sustancias biológicas con aplicación médica y, por tanto, la aplicación de la legislación a este campo puede obstaculizar la investigación por restringir el acceso a materias primas. Así que el paciente se considera materia prima, como un mineral.
¿Quién cree que tiene el derecho de patentar?
Mi posición es que no deben existir patentes sobre la vida. Quizá deberían desarrollarse fórmulas distintas, porque patentar la diversidad biológica supone crear valores falsos porque no se está inventando nada. La naturaleza existe hace miles de millones de años. Por otro lado, el único derecho de propiedad que existiría es el que pueden exigir por patente los médicos, científicos, investigadores... porque son los únicos que pueden descubrir esta información. La cuestión clave reside en el descubrimiento, y no en la invención.
Se ha recuperado por completo de su enfermedad. ¿Cree que quienes estén enfermos pueden comprender su posición?
Los argumentos de científicos e industriales para justificarse son siempre dramáticos, juegan con las emociones. Se ha creado el miedo de que si no existe el derecho a la propiedad no se continuará investigando y se perderán importantes descubrimientos que pueden afectar a tu vida o a la de tus hijos. Realmente no creo que haya gente opuesta a la investigación médica en sentido estricto. Ahora bien, hablamos de científicos y médicos que son también empresarios y que dicen que no harán nada a menos que puedan controlar la propiedad. Esto es un conflicto de intereses, una lucha entre dos sistemas de valores: la confianza paciente-médico y el interés puramente comercial.
Usted se ha dedicado a dar a conocer su caso. ¿Qué ocurre fuera de Estados Unidos?
He viajado sobre todo por América del Sur, que está lleno de biopiratas, de científicos que descubren filones de valioso oro biológico y que lo extraen clandestinamente. Varios indígenas colombianos me contaron que acuden científicos a sus tierras a tomar muestras diciendo que es para el Proyecto Genoma Humano; pero luego las llevaban a Estados Unidos y las patentaban. Los representantes de este proyecto les han confirmado que no hay científicos dedicados a esta tarea, así que se trata de una tapadera.
Los Verdes le invitaron al Parlamento europeo. ¿Cree usted que la situación en Europa es distinta a la de Estados Unidos?
Creo que el debate en Europa tiene mayor nivel. No creo que se diese un caso como el mío. La diferencia reside en que en Estados Unidos la ciencia es como una religión, alli alabamos al dios probeta. Canjeamos siglos de tradición espiritual por un dios falso.
Un caso atípico de leucemia
John Moore, un empresario canadiense a quien su médico, el doctor Golde de la Universidad de Los Ángeles, diagnosticó en el año 1976 un caso atípico de leucemia, es el primer ser humano cuyas células han sido patentadas. Tras siete años de tratamiento, descubrió casualmente que Golde había patentado sus células, a las que bautizó con la denominación de línea Mo, con el fin de comercializarlas como productoras de un excepcional tipo de proteínas útiles para el tratamiento del cáncer.
John Moore no dudó en denunciar el robo aunque, después de un largo y costoso proceso, los tribunales estadounidenses dictaminaron a favor del médico por considerar que el enfermo no poseía ningún derecho sobre sus células después de ser extraídas. Desde entonces, la denuncia de lo que él mismo denomina "biopiratería" ha sido una constante en su vida.
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