
Se está destapando últimamente un intenso descontento en los diversos grados de enseñanza. Los diarios se han hecho eco de agresiones y salvajadas de todo tipo que se suceden en centros públicos. Asimismo se ha publicado por fin algo que desde hace años sólo parecían saber los afectados, como es el espectacular aumento de horas perdidas por los profesores de enseñanza secundaria, relacionadas, en gran número, con enfermedades psicosomáticas y depresivas, lo cual no es cosa de broma. Es una simpleza buscar chivos expiatorios sin plantearse con rigor qué está pasando. Mi trato y amistad con profesores de instituto me han permitido informarme de representativas razones de malestar (no trataré sobre la enseñanza privada, aunque hay materia para ello también). El primero es la dificultad de expresarlas públicamente. Aislamiento social: "¿A quién le importa ahora que aquello para lo que nos habíamos preparado no sirva para nada, no sea valorado por nadie?, me dice una amiga. "¿Dónde hemos de dejar nuestro entusiasmo por Ausias March o por Góngora?". La Administración sólo aparece para fiscalizar; como excepción está "alguna carta electoral del President, animándonos a un mayor esfuerzo", me dice otro profesor.
En su afán por huír de las aulas, "algunos corren ansiosos a ocupar cargos directivos, entre ellos hay quienes se dedican a controlar las faltas de los compañeros". El conjunto de los profesores está mayoritariamente desmoralizado; su desesperanza les hace "incapaces de organizarse para la reivindicación". Y otra profesora pone el dedo en la llaga: "Somos para los sindicatos una minoría por la que no merece la pena pelear. Han consentido la pérdida progresiva de los pocos 'privilegios' de que gozábamos, entre ellos los días de asuntos propios. Sólo les interesamos para demostrar su fuerza un día de huelga que, al menos en los institutos, no ha entusiasmado a nadie", añade en referencia ea la reciente huelga general de funcionarios, cuerpo del que forman parte numerosos enseñantes. Las razones esgrimidas por los sindicatos convocantes fueron de índole económica, básicamente una congelación salarial que por desgracia no es nueva. En cuanto a mí, como profesor de universidad, lamento sonoras omisiones de los sindicatos ante problemas que no son económicos o políticos, y denuncio el empleo de razonamientos viciados, especialmente imperdonables en el ámbito docente. En efecto, todavía está por ver que los grupos de presión sindicalistas se pronuncien sobre el fenómeno caciquil universitario y su consiguiente endogamia y menos aún que sostengan una actitud decidida y clara en contra. ¿Por qué?
La prensa, al contrario de lo que algunos poderosos quisieran, también es lugar donde debatir sobre la universidad. Por eso les voy a contar un caso ocurrido hace un par de meses en una oposición. A una plaza de profesor titular optaban seis licenciados de una misma ciudad, cuatro de casa (del departamento convocante) y dos de fuera. De entrada y al margen de sus méritos, estos últimos no tenían ninguna posibilidad. El tribunal estaba integrado por cinco miembros, dos de ellos suelen ser del propio departamento, escogidos a dedo desde dentro, y los otros tres salen del bombo y son de universidades del resto de España. (El Gobierno anterior propuso que estas comisiones guardaran una proporción de 1 a 4, en vea de 2 a 3, pero políticos influyentes alegaron que era un ataque en toda regla contra la autonomía...). Hay que tener mucha personalidad y un poco de desinterés para no dar el voto al candidato oficial que interesa al departamento. Claro está que los candidatos acostumbran a tener suficiente calidad para el puesto. Pero no es esta la cuestión. En este ejemplo, de los cuatro candidatos de casa había uno que destacaba por encima de los demás en cuanto a su actividad investigadora. En datos objetivos sobre la calidad de sus publicaciones, contribuía a su grupo de trabajo, formado por nueve miembros del departamento, en cerca del cincuenta por ciento. Pero se le había recomendado amablemente que no se presentase a esa plaza y de él se dijo a otros que "no está suficientemente integrado en el departamento". Al ver que tras el primer ejercicio se le relegaba junto a los de 'afuera', decidió, sabiamente, retirarse. Esto pasa a menudo y nadie replica, porque parece normal... Por último, leo que una junta de personal académico propone después de la huelga que su universidad arbitre un "procedimiento de control objetivo ordinario del cumplimiento de las obligaciones laborales", que "lógicamente debería ser homogéneo para todo el personal, resultando difícilmente aceptable cualquier discriminación en este sentido". Al final, todos acabaremos fichando. Me viene a la cabeza una frase barojiana: "Igualdad, oigo gritar al jorobado Torroba, y se me ocurre preguntar ¿quiere verse sin joroba o nos quiere jorobar?"