
Georges Charpak, premio Nobel de Física 1992, ha publicado un polémico libro en Francia (Éditions Odile Jacob) en el que se declara antinuclear militar, pero pro-nuclear civil. En el popular programa "Bouillon de Culture" y en las páginas de "Le Figaro", Charpak ha reafirmado su derecho a manifestar libremente lo que piensa, aunque a muchos pueda no agradar o incluso molestar sus opiniones personales. La aparición del libro ha servido para que este reconocido científico, que vivió los horrores del campo de concentración de Dachau por su origen judío polaco, removiera el debate sobre la crítica al poder. "Los científicos -ha afirmado- deben representar el papel que en su tiempo realizaban los bufones del rey, reafirmar su independencia y poder decirle a un pretendido experto metido a político que miente. En Francia, donde todo está fuertemente jerarquizado, sólo aquellos que están en lo alto de la pirámide tienen derecho a la palabra. Incluso, a menudo rechazan afrontar las opiniones divergentes de sus propios servicios y los funcionarios, pretendidamente obligados al silencio, no se suelen expresar". El pensamiento de Charpak suena como auténtico puñetazo dialéctico, obviamente no circunscrito al caso francés, pues esta forma de actuar en la toma de decisiones políticas es común a todas nuestras democracias. La voz del científico, del filósofo o del experto independiente del poder casi no tiene canales de expresión -salvo algunos medios de comunicación- por no hablar de capacidad de influir en la toma de decisiones y en la propia sociedad. Quizá sería bueno que recapacitáramos acerca de esta propuesta que nos lanza Charpak. El bufón, con sus verdades que escupe a la cara de sus reyes, constituye una analogía sobre la que merece la pena reflexionar.