
Hace pocos días que el Gobierno central hizo público el número de contratos laborales firmados el pasado año: más de 8 millones de los que tan solamente un pequeño porcentaje tuvo una duración superior a los tres meses. Las cifras expresadas son francamente desalentadoras. De día en día aumenta el número de personas, especialmente jóvenes, que buscan un trabajo y, cuando lo consiguen, su situación no mejora de manera sustancial debido a que en la mayoría de los casos se trata de contratos de muy corta duración, escasamente remunerados y que carecen de perspectivas de continuidad.
Para los enfermeros, como para cualquier otro profesional, el fin de los estudios significa el comienzo de una etapa de peregrinaje (en este caso por hospitales, clínicas y centros de salud) en busca de trabajo. Cuando el currículum del que se ofrece puede catalogarse de especialmente bueno, o cuando el centro lo considera oportuno, es frecuente que el solicitante sea invitado a incorporarse al trabajo en un periodo de tiempo variable, para "conocerle" mejor. Por supuesto que esta relación se establece sin cobrar, con jornada completa y con los mismos estándares de rendimiento que cualquier otro trabajador de su misma categoría.
Cuando finalmente consigue el tan ansiado contrato (ojalá fuera de tres meses) que acostumbra a ser de un mes, quince días e, incluso, de un día, asume que cobrará menos que un trabajador que tiene un contrato fijo, teóricamente a cambio de que la empresa complete la formación que ha recibido en las aulas. La gran mayoría de las veces, sin embargo, nadie le enseña, le guía o le nombra un tutor, y es frecuente que le envíen cada día a una consulta o unidad de hospitalización distinta. Desde el primer momento queda muy claro que está allí para cubrir un puesto laboral y que de su eficacia (y obediencia) depende en una gran parte que consiga o no otro contrato.
Los principales afectados por esta situación no son los contratados temporales ni los enfermeros fijos, sino los usuarios de los servicios de salud. Aunque los primeros se sienten explotados e indefensos, y los segundos ven aumentar notoriamente su carga de trabajo, ya de por sí considerable, al tener continuamente a compañeros inexpertos, es el último grupo el que resulta más perjudicado. Al no disponer de tiempo necesario para conocer mínimamente a los usuarios, con el fin de ganarse su confianza y también para establecer una relación terapéutica con ellos, resulta totalmente imposible que reciban unos cuidados enfermeros de la calidad que necesitan y que su formación les capacita para darles.
Es urgente que nuestra sociedad reflexione seriamente sobre la pérdida que representa, en términos de capital humano, invertir los recursos de todos en la formación de unos profesionales a los que, posteriormente, se les obliga a trabajar (cuando consiguen hacerlo) en condiciones tales que solamente generan desaliento y frustración.