
Gran Bretaña, últimamente nos eriza el cabello -el poco que nos queda a algunos-. No se trata de fechorías de "hooligans" ni de macabros asesinatos en serie, algo a lo que más o menos nos tiene acostumbrados, sino de noticias científicas de primera magnitud. Tras el enorme y grave susto de las "vacas locas" -un asunto ni mucho menos acabado-, unos investigadores escoceses han lanzado al mercado de la información científica el tema -también con susto incluido, enseguida lo veremos- de las ovejas clónicas. Por primera vez se ha efectuado una "biocopia" de un oveja adulta. La nueva era abierta con la fecundación in vitro -no olvidemos que el primer bebé probeta, Louise Brown (1978), también fue británica, "hija" científica de Robert Edwards- cierra ahora una primera etapa con "Dolly", el primer mamífero clónico de la historia. De hecho, strictu sensu, la era comenzó en 1953 con el descubrimiento de la estructura del DNA. A partir de ahora, un prometedor camino de aplicaciones se abre ante la humanidad: la ganadería clónica con animales mucho mucho más rentables -una expresión extremadamente dura desde el punto de vista humano y ético-; y más allá, la programación de animales para la producción de proteínas de aplicación humana que permitan aplicar terapias a enfermedades incurables y también instaurar los anhelados xenotrasplantes que resolverán la falta de órganos humanos. Un brillante porvenir, sin duda, que abre enormes interrogantes -en buena parte, todavía inimaginables- sobre los límites de la propia ciencia. En el horizonte: la clonación de seres humanos. Primero en "aplicaciones comprensibles" (padres de un único hijo condenado por una enfermedad incurable...), pero también en otras muchas "perversas", éticamente inaceptables, que están en la mente de todos.