
John Grisham describe en una de sus novelas a un abogado joven, quien, en sus primeros pasos profesionales, se pasa el día en la sala de espera de un hospital para contactar con familiares de pacientes y ofrecerles los servicios de su bufete con el fin de proceder a la reclamación. No es esta una situación insólita, al contrario, es habitual en Estados Unidos. Y no sólo esto, en la misma televisión son habituales los anuncios de despachos de abogados en los que, explícitamente, se ofrecen los servicios a personas que no estén satisfechas con el tratamiento médico, comprometiéndose a no cobrar honorarios por la primera consulta. Ello se produce no sólo porque las normas deontológicas de los profesionales del derecho lo permiten (como, asimismo, admiten la "quota litis" es decir, repartirse con el indemnificado el importe de la indemnización) sino, fundamentalmente, porque las leyes y, en especial, la evolución de la jurisprudencia en este campo, consideran que existen posibilidades de éxito en la reclamación.
DecÍan los antiguos que "Artifex spondet peritiam artis", el artesano responde de su arte, principio recogido en la legislación positiva y reflejado en nuestro Código Civil cuando dice que quien por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado; es, además, base y fundamento de la moderna legislación de protección a los consumidores en todos los países.
Nadie puede discutir que el médico, como cualquier otro profesional, ha de ser responsable de sus negligencias; además, se deben habilitar mecanismos para que puedan probarse y para que el responsable no se ampare en un hermetismo de clase que haga imposible que el afectado obtenga los medios de prueba que le sean precisos. Pero, por otra parte, los jueces deben ser ponderados a la hora de aplicar la ley.
Decía Aristóteles que la ley es la razón, libre de pasión, pero en muchas sentencias judiciales de Estados Unidos he visto más pasión que razón. La criminalización de la profesión médica no es buena, ni socialmente deseable. Muchos médicos estadounidenses se ven imposibilitados de ejercer al no poder soportar las importantes primas de las pólizas de seguros y, todos ellos, con el fin de defenderse de eventuales reclamaciones practican múltiples pruebas, que no serían necesarias con el consiguiente costo y pérdida de tiempo, que, en algunas ocasiones, es vital. Sé de un caso en que el enfermo anestesiado fue reanimado para que firmara el consentimiento, antes de proceder a la intervención. Afortunadamente, no es el caso en nuestro país. Cuando, a principios del año pasado, se promulgó el nuevo Código Penal, que dio nueva redacción a conductas ya tipificadas e introdujo nuevas figuras delictivas que afectaban a los profesionales de la medicina, pudieron leerse titulares alarmantes sobre el acoso que se producía. No estoy de acuerdo con ello. La situación legal, tanto civil como penal, me parece absolutamente razonable y adecuada a nuestra sociedad. Como también me lo parece la aplicación de la ley por nuestros tribunales, en la gran mayoría de sus sentencias.
Sin embargo, el hombre de hoy, como nunca antes, tiende a traspasar a otros su responsabilidad. Alguien ha dicho que es consecuencia de las doctrinas freudianas (que consideraba uno de los grandes males de nuestro siglo). La realidad es que cuando alguien sufre un infortunio piensa de inmediato a quién podría responsabilizarse de ello. Y cuando una persona resbala, busca al responsable y se resiste a aceptar que puede haber sido consecuencia de su torpeza.
Bien está que quien sea responsable de un daño pague por él. Pero de ahí a que siempre que este daño se produzca un tercero deba pagarlo, media un abismo. La presión social va en este sentido, y ello explica que en países como EE.UU. objetos tan simples como un encendedor desechable estén cubiertos de etiquetas advirtiendo de sus riesgos. Quiere ello decir que la aplicación del principio de responsabilidad de terceros ha ido demasiado lejos, que los tribunales han traspasado la frontera de la razón lógica para pasar a los dominios del absurdo, como en el caso en que, al parecer, se condenó a un fabricante de hornos microondas porque una señora perdió a su perrito, al secarlo en el horno, fundándose en la falta de dicha advertencia . La internacionalización de la economía a la que asistimos viene acompañada también por la mundialización del derecho. No es ello malo en sí mismo, siempre que no se acepten como axiomas inamovibles aquellos importados de un país dominante por el solo hecho de serlo, sino que deben filtrarse con criterios objetivos y razonables. Hagamos que el médico sea responsable de su arte en toda su amplitud, pero que la pasión no tenga cabida en la ley, que debe estar fundada exclusivamente en la razón, en toda su pureza.