
Moths to the Flame" es el título de un curioso libro que ha caído en mis manos por arte y gracia de, ¿cómo no?, Internet. Su traducción literal sería "Polillas en la llamarada", una frase hecha que señala la atracción fatal que sufren los insectos. La llamarada del libro debe de entenderse como la moda, propagada a velocidad de vértigo y con resultados a veces funestos, en la que nos hemos involucrados con la tecnología informática; la llamarada de llamaradas que es Internet sólo aparece de forma colateral en el libro, que analiza algunas claves del impacto de la técnica informática en la sociedad.
Es muy acertada la afirmación de que los ordenadores no son sólo juguetes. Sus argumentos, que hago míos, se basan en que quienes aprenden a usarlos -aunque sea para jugar-o tan siquiera aquellos que aprenden a no temerlos, pueden convertir este conocimiento en uso productivo. Es decir, esta habilidad para convivir con los ordenadores y usarlos en aplicaciones más o menos triviales, lúdicas y domésticas, puede ser útil para usar tecnologías parecidas en el lugar de trabajo, aumentando así la productividad. Es decir, de la tecnología lúdico doméstica a la productiva sin solución de continuidad.
Como ejemplo, Rawlins usa la extinta URSS cuando intentaba igualar y superar la carrera tecnológica con EE.UU., jugando con la desventaja de que para los soviéticos era inalcanzable la tecnología en la que competían, mientras que los americanos la tenían en sus hogares. Concluye que, vetando el acceso de sus ciudadanos a la tecnología, el gobierno de la URSS se colocaba en la situación del que intenta ganar una carrera y empieza por romper las piernas de sus corredores.
Si alguien cree que esta afirmación no es más que el fruto del fanatismo de tecnócratas interesados, que piense en que cada nuevo adelanto implica un aumento de la necesidad y capacidad de abstracción del usuario. Un adelanto tan simple como pasar del sistema telefónico con operadores al automático exige aprender a marcar números y, lo que es más importante, que el usuario sepa el código de los abonados, algo que se obvia en el sistema manual. Si añaden contestadores automáticos, cocinas y vídeos programables tendrán una ligera idea de la magnitud de la tragedia.
Excuso decirles que, al margen de exageraciones, a menudo me siento como un soviético para el que la tecnología -alguna- es inalcanzable más allá de limitaciones económicas y/o de conocimientos. Simplemente no podemos acceder a formas de tecnología doméstica porque nos lo impide la ley, a veces dictada con premura, otras, pausadamente, aunque igualmente dañina. La televisión digital, ayer, los teléfonos, hoy; mañana, ¡vaya usted a saber! Lo cierto es que se nos pide que nos esforcemos por integrar las últimas tecnologías en el sistema productivo y, en nombre de no se sabe qué libertad, se nos limita el acceso a otras formas de la misma tecnología. Es decir, para trabajar, sí, pero para jugar no. Pues, ¿saben que les digo? que trabajen ellos.