Opinión


La invasión clónica no ha hecho más que comenzar

Vladimir de Semir

La tan esperada invasión de marcianos verdes ha perdido protagonismo por culpa de una oveja. Desde que se dio a conocer la importante noticia de la primera clonación -oficial- de un mamífero adulto, la "invasión clónica" es un hecho. La palabra "clon" y sus derivados se han convertido en una plaga en los medios de comunicación, hasta el punto de que, incluso, los diarios deportivos han descubierto que Ronaldo o Iván de la Peña son "clónicos" o que el Barça, a veces, "aburre hasta a las ovejas clónicas". Seguramente será interesante analizar cómo el impacto de una noticia científica de esta envergadura disemina una palabra y una imagen y facilita que penetre en el uso lingüístico cotidiano. Como es sabido, el concepto de clónico no es nuevo, pues ya está asimilado en el lenguaje informático cuando se habla de ordenadores clónicos. No obstante, ahora se ha difundido de tal manera que seguramente será uno de los fenómenos de expansión léxica del año. Pero la noticia también tiene -y va a tener aún más- una rápida e importante proyección dentro de su propio ámbito científico. Aunque todavía tímidamente, el alud clónico ha comenzado a impulsar un debate ético en las páginas de opinión de los diarios. Incluso han aparecido cartas con interesantes aportaciones de ciudadanos sobre la posible clonación de "Copito de Nieve" y muchas otras aplicaciones de este gran paso dado en biología. El alcance de algunos planteamientos puede llegar a tener derivaciones insospechadas. Veamos un ejemplo: el pasado día 7, "USA Today" publicaba una noticia de la importante comunidad gay neoyorquina en cuyo seno se ha fundado el Clone Rights United Front que reclama el impulso de la clonación para que parejas del mismo sexo tengan hijos propios de origen clónico. La invasión clónica no ha hecho más que comenzar.



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