
Acaso sea este el mejor momento para "revelar la fotografía" de la alarma social que se desató con la "epidemia que nunca fue". A nadie se le debe escapar que la cuestión de la meningitis ha desaparecido de los medios de comunicación, a pesar de que los niveles de afectados deben de ser los mismos que hace unas semanas.
Las lecciones de la instantánea son diáfanas. Para empezar, todo lo que hemos leído con matices sensacionalistas ha precisado de una segunda lectura (a ser posible en otro medio o en otro día). En segundo lugar, la falta de una información adecuada puede llevar a una decisión sanitaria errónea. Por ello, sólo podía considerarse la oportunidad de proceder a una vacunación valorando la incidencia y el tipo de meningitis en cada región y el riesgo en cada caso.
Al ver las colas de gente en busca de una vacuna, uno se pregunta qué pasaría de haberse iniciado una verdadera epidemia. La población está sometida a dos tensiones de signo contrario: la ignorancia y el sentido común. Por un lado, y eso tiene casi ya el rango de perogrullo, sabemos menos de lo que creemos saber, y los demás saben menos de lo que creemos que saben. Por otro lado, tenemos mucho más sentido común de lo que nuestra ignorancia haría suponer (la mayoría de gente que adquiría la vacuna no la administraba a sus hijos!).
La tensión entre ambas inclinaciones mantiene un equilibrio inestable que puede decantarse, en situaciones extremas, hacia el pánico o la serenidad. Y ello depende, en gran medida, del color de la información vertida en los medios de comunicación y del ejemplo que dan los "modelos sociales". Se dice que los niños aprenden de sus padres más por lo que ven que por lo que estos les enseñan. Los políticos deberían actuar, si no como padres (qué horror, de estado paternalista!), al menos sí con ejemplaridad. Por ello resulta patético ver al presidente de una institución que pretende regular el bien común dedicándose al bien particular, o mejor dicho, familiar.