
Hacia el año 440 a. de C. Leucipo de Mileto y su discípulo Demócrito de Abdera dejaron sentado para la historia del conocimiento humano el concepto de que la materia está compuesta de átomos indivisi- bles. Hasta 1897 no se tuvo la certeza experimental de que los átomos sí eran divisibles y estaban constituidos de partículas elementales. Fue Joseph John Thomson quien con su famoso haz de rayos catódicos puso de manifiesto la existencia del electrón y de su carga negativa. Había nacido -este año se cumple el centenario- la primera partícula elemental de la historia y una apasionante rama de la física, la que se adentra en la intimidad de la materia y que hoy pregona, como lo hizo Demócrito, la indivisibilidad de los quarks, a pesar de que la intuición humana presupone que el modelo de la materia compuesta por diferentes capas de una cebolla cada vez más diminutas quizá no se acabe en los actuales quarks. El famoso experimento de Thomson, que le valió el Nobel de Física en 1906, fue precedido por las experiencias de Goldstein y Crookes (1881), que hicieron presuponer que en los llamados tubos de Crookes para el estudio de los rayos catódicos existían partículas de materia o corpúsculo que en 1981 Johnstone Stoney bautizó como electrones, palabra de origen griego, que significa ámbar. Los helenos conocían la particularidad de que si se frotaba con una tela seca este mineral orgánico, resultante de la polimerización espontánea de la resina de coníferas fósiles, se producía un fenómeno de atracción de objetos ligeros (lo que hoy conocemos como electricidad electroestática). Como es sabido, el camino abierto por Thomson fue seguido por Rutherford y Bohr hasta configurar el modelo atómico que hoy seguimos descifrando.