
Al contemplar una obra arquitectónica, uno se pregunta cuántos esfuerzos interdisciplinarios se han aunado para hacerla posible y habitable. La obra arquitectónica se compone de una estructura, de una envoltura que la diferencia y la caracteriza, y de órganos, conductos y fluidos que le dan vida. Lo órganos y fluídos se concretan en los ingenios mecánicos y electrónicos, que facilitan la habitabilidad y le dan una apariencia "inteligente". Los conductos transmiten las energías y las informaciones que mantienen operativos estos ingenios. Pensemos en nuestro hogar y eliminemos la electricidad, el gas y el agua y todo lo que aporta habitabilidad y preguntémonos si le adjudicaríamos el calificativo de hogar. Con toda probabilidad, la respuesta sería no, ya que la arquitectura, como expresión de belleza inmóvil, se convierte en elemento utilizable cuando integra unas instalaciones que han transformado nuestras costumbres y estilo de vida. Si analizamos, desde la Edad Media hasta nuestros días, la evolución de la iluminación o la calefacción de las casas o el intercambio de información nos percatamos de que estas y otras actividades requerían un esfuerzo significativo, difícilmente comparable a las soluciones actuales.
Así, nos damos cuenta de la importancia de las instalaciones -auténticos tejidos neuronales de los edificios- que se adaptan a la obra arquitectónica una vez proyectada. Arquitectura e ingeniería coexisten, pues, e intentan redefinir su papel o quizá su protagonismo. Hoy en día no se concibe un edificio confortable sin las instalaciones que aportan comodidad, basadas en la óptima utilización de las energías naturales no agresivas, sin las barreras que impiden la integración de personas con minusvalías o de edad avanzada, sin los teleservicios, entre otros. En este contexto, muchas voces se preguntan ¿qué es primero, el continente o el contenido? ¿cuál es el procedimiento más adecuado para proporcionar a la sociedad lo que requiere? El proceso puede iniciarse creando la forma y la imagen que caracterizan y diferencian un edificio de otro y después proporcionarle los servicios o infraestructuras, o concebir, en primer lugar, los espacios requeridos, equiparlos y dotarlos de los avances tecnológicos que los hacen habitables y después crear la imagen que lo identifica y convierte en obra admirada que mejora su entorno. Arquitectura o ingeniería, estética o pragmatismo, son dilemas en controversia permanente y, a menudo, en busca de una notoriedad que excluye a su auténtico protagonista, el hombre, al cual todos hemos de servir. Este servicio que debe combinar la belleza implícita de la arquitectura -expresión de sensibilidad, cultura e identidad- y las llamadas comodidades derivadas de la integración de los avances tecnológicos. Trabajar juntos desde el origen, desde el mismo instante de la creación arquitectónica hasta su mantenimiento durante toda su existencia. La cooperación armónica entre arquitectura e ingeniería posibilitará que el diseño arquitectónico incorpore la tecnología más avanzada con la finalidad de transformar el entorno adaptándolo a las necesidades de una sociedad que evoluciona de forma acelerada y cambia las pautas de comportamiento, asumiendo también que rectificar es caro o imposible.
La informática es un buen ejemplo de cómo la ingeniería aporta herramientas que ayudan a mejorar las obras arquitectónicas. Aplicada en la fase creativa facilitará la representación tridimensional del modelo infográfico mediante la descripción de las características geométricas del edificio. A partir de esta fase, las herramientas informáticas añadirán los rasgos formales, como texturas o colores. Una vez obtenido el edificio mediante la realidad virtual puede ubicarse en el lugar geográfico y analizar su relación con el entorno. La informática puede colaborar también con la arquitectura para resolver problemas energéticos, estructurales, sanitarios o normativos. En la búsqueda de una arquitectura que mantenga la pureza de sus orígenes y coopere con la ingeniería, la Universitat Ramon Llull y la Fundación la Salle, crean l'Escola Tècnica Superior d'Arquitectura, basada en la calidad de los profesores y métodos de La Salle. Se tratará de una escuela interdisciplinaria que facilitará el contraste de ideas como instrumento de progreso, en la que se combinará la arquitectura, la tecnología y la adaptabilidad con las necesidades de las personas, una escuela que cuenta con el apoyo de Enginyeria La Salle y de los demás centros de la Universitat Ramon Llull y que intente conseguir un equilibrio entre los tres componentes que caracterizan los nuevos estudios: diseño y creatividad, gestión de recursos e innovación tecnológica, urbanismo, vivienda y entorno social.