
El lema que la OMS ha escogido este año para el Día Mundial de la Salud -"Enfermedades infecciosas emergentes: una alerta y una respuesta globales"- ha sorprendido a más de uno, pues en los países industrializados se cree que las enfermedades infecciosas dejaron de ser un problema hace muchos años. Después de la II Guerra Mundial, las mejoras globales en las condiciones de vida, la introducción de las vacunas y el uso de antibióticos provocaron una drástica disminución de las tasas de mortalidad. Además, el hecho de que en 1977 se anunciara la única erradicación de una enfermedad infecciosa hasta entonces conseguida en el planeta -la viruela-, supuso un refuerzo simbólico sin precedentes para creer que el hombre había ganado la batalla a los microorganismos. Pero, nada más lejos de la realidad. Las enfermedades infecciosas no han dejado de ser la principal causa de morbilidad y mortalidad en los países en vías de desarrollo; en los últimos años se ha registrado un aumento preocupante de infecciones que, como la tuberculosis, prácticamente habían desaparecido en determinadas poblaciones occidentales. También han aparecido enfermedades, entre las que destaca el sida, que no sólo no existían previamente, sino que se han expandido por todo el planeta en pocos años; en los últimos dos decenios han surgido más de treinta nuevos microorganismos con capacidad de producir enfermedades en el hombre, algunos de especial virulencia, para los cuales no se dispone todavía ni de tratamiento ni de vacuna.
Estas apreciaciones epidemiológicas internacionales, más los drásticos cambios en el estilo de vida del hombre moderno, hacen temer que estemos asistiendo a un resurgimiento de las enfermedades infecciosas. A modo de ejemplo, en 1993 en Estados Unidos se registró un brote epidémico de infecciones respiratorias por hantavirus con una tasa de letalidad superior al 50%, y en el mismo año, la contaminación de un depósito de agua provocó casi medio millón de episodios diarreicos por Cryptosporidium. En Cataluña, como en la mayoría de países industrializados, las principales causas de mortalidad siguen siendo las enfermedades del aparato circulatorio y los tumores, y la tasa de mortalidad específica por enfermedades infecciosas y parasitarias para el conjunto de la población es de 8,23 por cien mil habitantes; ocupa el décimo lugar en los grandes grupos de enfermedades. A pesar de ello, no es ajena a la situación epidemiológica internacional. En los últimos años han aparecido nuevos y viejos problemas de salud que requieren un planteamiento especial de las políticas sanitarias. El sida, por ejemplo, al estar asociado a poblaciones con una alta prevalencia de infección tuberculosa, ha provocado un importante aumento de casos de esta enfermedad. Los datos de que disponemos en el Departament de Sanitat i Seguretat Social sitúan el posible número de personas infectadas por el VIH alrededor de 35.000; la tasa global de tuberculosis en 1994 fue de 48,3 por cada cien mil habitantes. Respondiendo a este nuevo reto, y con la voluntad de disponer y de integrar la máxima información científica posible en sus políticas sanitarias, el Departament de Sanitat cuenta con recursos cuyo objetivo es monitorizar la evolución de problemas de salud relacionados con infecciones. En muchas ocasiones ha sido necesario adaptar los indicadores a las nuevas características que plantean estas enfermedades.
Por ejemplo, en relación al vih, que causa el sida, no sólo se recogen datos sobre la infección y la enfermedad, sino también sobre los propios determinantes de su transmisión, en este caso las conductas sexuales y de drogadicción de la población. Como dice la OMS, el esfuerzo ha de ser global y es responsabilidad de todos. Es decir, una correcta práctica en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de las infecciones, la sistematización de la educación sanitaria y de las medidas de protección del medio ambiente, y también una correcta información sobre el significado de los nuevos problemas sanitarios. Cataluña, mediante el Pla de Salut dispone de parámetros cuantitativos para describir la situación de partida, proponer objetivos y, en definitiva, monitorizar de forma continuada la salud de la población. La capacidad de cambio de los microorganismos es más elevada de lo que hemos creido, lo cual obliga a los profesionales de la salud a insistir con rigor e imaginación para que no nos cojan por sorpresa.