
Esta es la expresión que Laurent Joffrin utiliza en un editorial del periódico francés "Libération" para referirse a la huelga de médicos en Francia. Una imagen que refleja, acaso superficialmente, a los actores principales de las reformas de la sanidad francesa, es decir, por un lado, el médico -enarbolando la calidad de los cuidados de salud-, y por otra, el gestor -cuya arma es la contención del coste (o su aumento)-.
No es necesario comprender los entresijos de la huelga para destacar dos elementos de interés. Baste decir que el detonante de la protesta, aunque no el motivo principal, a juicio de los huelguistas, es una medida que el Gobierno francés intenta aplicar con el objetivo de sancionar económica y colectivamente a todos los médicos que ejercen en una región determinada, cuando el presupuesto sanitario de esa zona supere el que ha estipulado previamente el Parlamento.
Pues bien, independientemente de las razones de unos y otros, hay dos lecciones que interesan a nuestro país. Para empezar, Francia se ha apuntado al síndrome de la intoxicación por administración de sofismas. Como parece estar de moda en todos los países occidentales, ahora le toca pasar a la sanidad por el filtro de lo contable para ordeñar un sofisma ya al uso: la sanidad está en quiebra. La cuestión es que ha estado siempre en quiebra, faltaría más! El mismo día que se graduó el primer brujo de la tribu ya teníamos la cuenta en números rojos. La segunda lección es que con tanto jugar con sofismas uno acaba quemándose con chapuzas. Y la chapuza francesa consiste en creer que se le pueden poner puertas al campo. Como el problema de fondo era el coste, encontraron fácilmente la solución: fijar un presupuesto cuyo incumplimiento significara la sanción del médico. Es como si al pediatra le dijéramos: "como le suba la fiebre al niño, le arreo un sopapo".
Y es que la sanidad, como hemos dicho en otra ocasión, sirve para curar y no para ahorrar. Y la única manera de ahorrar es mejorándola.