
La anorexia nerviosa se puede adjetivar de funesta porque en un diez por ciento de los casos conduce a caquexia mortal. Clínicamente se manifiesta como adelgazamiento extremo, debilitación general, falta de apetito y apatía, lo cual lleva a un estado de extrema desnutrición y consunción que es irreversible. Por tanto, nos hallamos ante un problema realmente grave, cuya incidencia es creciente. La causa de este incremento se debe en su mayor parte a las actuales modas estéticas que propician un patrón de delgadez considerable que se asocia a juventud y éxito. Se propugna el culto a lo delgado como paradigma del triunfo social y sexual, auspiciado por el cine, la televisión y la moda.
De la mano de campañas de publicidad incorrectas, los adolescentes de ambos sexos pueden llegar a nefastas consecuencias. Una enfermedad que aquejaba principalmente a mujeres jóvenes se está empezando a extender entre los adolescentes varones que, al dictado de la moda, también optan por unos equivocados cánones de belleza. Aunque por el momento, según un estudio publicado por la OMS, la proporción de muchachas que están a dieta para perder peso o que creen que deberían hacerlo es bastante más elevada que la de los jóvenes y aumenta significativamente con la edad. En particular, en nuestros países se estima que este problema afecta al 3-5% de la población joven, con un índice de mortalidad en alza, que se sitúa en el 5-8% de los casos, pero que puede llegar hasta un 20% cuando este trastorno alimentario se registra a los 20 o 30 años.
Asimismo, un grupo de investigadores británicos acaba de descubrir en el cerebro de un reducido número de adolescentes anoréxicas alguna diferencia mensurable, lo que permitiría pensar que esta enfermedad puede tener alguna causa biológica: un riego sanguíneo reducido en zonas del cerebro que se cree rigen la autopercepción visual; de todos modos, tal vez este origen, que de alguna manera desculpabilizaría a los pacientes, no se sabe hasta qué punto puede ser más un resultado que una causa.
Este problema al que nos enfrentamos tiene en su haber una larga lista de condicionantes sociales, que llevan al adolescente, con el especial sentido de su cuerpo, a dejarse arrastrar por varios mensajes que le llegan del exterior y ante los que se encuentra desvalido y sin disponer de suficientes resortes para defenderse.
Deberían propiciarse, pues, acuerdos acerca del autocontrol publicitario y de conocimiento de este grave problema en los sectores que tienen mayor incidencia en la juventud, dentro de los que, básicamente, cabe destacar los de la moda, la docencia y los medios de comunicación. Esta sería una forma de atajar el mal desde su vertiente sociológica.
Mientras tanto, hay que aplaudir cualquier campaña -como la que ha organizado una ONG de Girona-, cuyo objetivo sea prevenir la anorexia y aportar los conocimientos necesarios para que los padres, educadores y adolescentes puedan detectar las señales de alarma.