
Aunque la medicina registra muchos avances, para quienes padecen enfermedades de pronóstico grave, tanto si es a medio como a largo plazo, el ritmo que sigue el descubrimiento y desarrollo de nuevos fármacos parece muy lento. En medio de esta carrera contra el tiempo que viven los enfermos aparecen periódicamente en los medios de comunicación noticias sobre sustancias capaces de matar las células cancerígenas o de detener el avance de algunas enfermedades degenerativas que no responden a los tratamientos actualmente disponibles, entre otras.
Ojalá nos fueran útiles, porque nos vendría bien a todos aquellos que sufrimos un problema de salud propio o en nuestra familia. Pero, desafortunadamente, aunque esta situación se ha presentado con frecuencia desde hace años, seguimos sin disponer del tratamiento definitivo para la curación de los cánceres, o de la esclerosis múltiple o de otras muchas enfermedades graves. Es decir, que casi siempre, las expectativas generadas por las grandes portadas que los medios de comunicación dedican a estas noticias no se cumplen.
¿Por qué se producen tantas informaciones esperanzadoras que, a la postre, se van al agua? En muchos casos, las noticias sensacionalistas radican en el entusiasmo o en la ingenuidad de los investigadores que desde su óptica parcial están convencidos que sus resultados representan un gran avance; en otros, la divulgación precoz de un hallazgo no es nada más que una estrategia fríamente calculada para generar expectativas y fondos o para la promoción académica de sus autores. La manipulación de la cotización de las acciones de los grandes laboratorios farmacéuticos en la bolsa tampoco es ajena a ello y en ocasiones se han producido alianzas "no saludables", incluyendo a determinados medios de comunicación, que produjeron grandes ganancias para quienes tiraron de los hilos.
¿Cómo viven los enfermos este vaivén de emociones y de posibles curas o falsas esperanzas? Como es lógico cualquier noticia de dudosa relevancia o de difícil interpretación sobre las expectativas terapéuticas crea tensiones en ellos y entre los enfermos y los médicos. Los especialistas que han vivido muchas situaciones similares y que han asistido a muchos enfermos crónicos no suelen dejarse llevar por un optimismo desbordado, pero quienes se incorporan al colectivo de necesitados de nuevos tratamientos, sobre todo los de bajo nivel cultural, son los más vulnerables.
Los profesionales de la salud tienen la obligación de estar informados de los avances farmacológicos y valorar sosegadamente cualquier noticia médica. La falta de sentido crítico y el optimismo pueden tener consecuencias nefastas tanto en el desarrollo de la medicina como en la relación entre los médicos y sus pacientes.
También el escepticismo excesivo es contraproducente, e incluso destructivo. A veces es útil recordar el viejo lema que reza que los escépticos casi siempre tienen razón, pero los entusiastas impulsan el progreso.