
Ha terminado uno de los casos más notorios de la "cara oculta" de la relación entre industria farmacéutica e investigación independiente. Betty J. Dong, investigadora en el Medical Center de la Universidad de Californa (San Francisco, EE.UU.), ha conseguido finalmente publicar en la revista médica americana "JAMA" un artículo que debía haber aparecido en 1990. Durante siete años el patrocinador de la investigación de Dong, Boots Pharmaceuticals, impidió su aparición por motivos corporativos. Dong había comprobado que dos preparados genéricos de levotiroxina y otro medicamento comercial con el mismo principio activo eran bioequivalentes al producto de Boots, cuyo precio evidentemente era más alto. El resultado no fue, por tanto, muy favorable a los intereses de la compañía y esta decidió impedir su divulgación.
El alcance de la campaña contra la investigadora californiana haría ruborizar a más de uno. Desde cartas de queja a sus superiores intentando desprestigiar su estudio hasta el veto "legal" cuando, en 1994, Dong decidió publicar el artículo -ya aceptado por "JAMA"- y la empresa farmacéutica recurrió a una cláusula del contrato de patrocinio en la que no se permitía la "difusión de los datos sin consentimiento previo". Solamente después de las presiones de la opinión pública, la firma Knoll (que adiquirió Boots Pharmaceuticals en 1995) accedió.
El corolario del caso no puede expresarse mejor de cómo lo hizo el mismo presidente de Knoll: "Decidimos permitir la publicación del trabajo de Dong, primero porque comprendimos la importancia de apoyar la libertad académica y el proceso de 'peer-review'; y, segundo, porque nos preocupaba que la especulación en los medios de comunicación llevara a considerar los resultados del estudio como un hecho. La investigación debía evaluarse en el contexto adecuado". Este sentido común debería convencernos de que la relación entre un patrocinador y un investigador puede basarse en una independencia genuina.