Opinión


La salud es también una cuestión social

Mª Teresa Luis Rodrigo

Enfermera

El pasado mes de abril se celebró el Día Mundial de la Salud. Este año la efeméride tenía como lema "Enfermedades infecciosas emergentes: una respuesta y una alerta globales". Con tal motivo se alzaron numerosas y autorizadas voces -entre las que cabe destacar la del propio conseller de Sanitat i Seguretat Social de la Generalitat de Catalunya desde las páginas de este suplemento-, para advertir a la población acerca del peligro que comporta el rebrote de un grupo de enfermedades que hasta hace poco parecían haber sido controladas en el mundo occidental.

Las causas de tal resurgimiento, afirman, son varias: no sólo aparecen varios microorganismos nuevos para los que todavía carecemos de remedios eficaces, sino que algunos de los que nos son conocidos y que están aparentemente controlados han desarrollado resistencia a los tratamientos habituales.

Asimismo existen otros microorganismos que han sufrido mutaciones que les han permitido saltar la barrera de las especies y que afectan ya al ser humano. A todo ello cabe añadir, como elementos que contribuyen a empeorar la situación, la supresión de las campañas de vacunación contra determinadas enfermedades, como la viruela, el largo período de latencia de algunos microorganismos y el desplazamiento al que se ven obligadas las poblaciones.

Todo lo expuesto es indudablemente cierto, cualquier persona interesada puede informarse acerca de ello, pero, a mi entender, no son estos los únicos elementos que deberían tenerse en cuenta, puesto que existe otro factor, que es tanto o más importante que los hasta ahora mencionados, que no se suele mencionar.

Me refiero a las pésimas condiciones de vida que sufre un sector cada vez más numeroso de habitantes de los países industrializados, que están sumidos en la pobreza y la marginación sin poder salir de ellas. La miseria, la desnutrición, el hacinamiento, la carencia de las mínimas condiciones higiénico sanitarias y la falta de acceso a los recursos más elementales para la vida no son un problema médico, sino de carácter social.

La adopción de una perspectiva unicausal y reduccionista que, olvidando los componentes de injusticia, desigualdad y desequilibrio, atribuye el problema exclusivamente a la esfera de la microbiología no es más que una estrategia legitimadora que permite desplazarlo y endosarlo de manera definitiva e irrevocable al aséptico y objetivo campo de la ciencia.

Este mecanismo de protección contiene múltiples beneficios para los sectores más favorecidos de la sociedad. Efectivamente, no solamente evita que los políticos, las distintas administraciones, los gestores y la población en general pongan en tela de juicio la estructura de nuestras sociedades, sino que, al dar por sentado que fuera del campo de la medicina nada se puede hacer para mejorar la situación, se tranquilizan las conciencias y se elude la responsabilidad individual y colectiva de la que depende la suerte que corren los más desprotegidos.



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