Opinión


La independencia y el ajuste de títulos

Miquel Escudero

Universitat Politècnica de Catalunya

Siguiendo una vieja costumbre, revistas y diarios suelen acompañar el nombre y apellido de sus colaboradores en artículos de opinión con algún título que posean o con algún cargo que ejerzan. La prensa tiene esta potestad que permite enfatizar algún aura de un siempre problemático prestigio en las firmas que ofrece, o dar alguna pista a los lectores con la que saber algo más del que escribe. Hay ejemplos que, desde luego, no necesitan de presentación. Imagínense el efecto de recalcar que Camilo José Cela o Vargas Llosa son escritores; incluso puede antojársenos un pleonasmo. Tal vez se prefiera recordar que el primero ganó el premio Nobel o que ambos pertenecen a la Real Academia Española. Pero está claro que entonces nadie puede atribuir sus opiniones a la docta casa.

Si escribo un artÍculo, como así ha sido, propugnando listas abiertas para elegir diputados o concejales, limitación a dos mandatos consecutivos en los cargos presidenciales, o la elección directa de alcaldes y presidentes, el diario que me lo publique tiene el derecho de consignar que soy profesor de determinada universidad -así lo hicieron- en una especialidad que nada tiene que ver con el tema tratado. Por otro lado, es evidente que la plaza que ocupo no incrementa la calidad, buena o mala, de mis razonamientos, sean o no matemáticos. Y cabe decir asimismo que es de necios tener afán por paladear la satisfacción de ver impresas las titulaciones académicas que se puedan tener.

Ahora bien, supongamos que yo escriba un artículo, o varios, como así ha sido, sobre la enseñanza en general y el caciquismo universitario en particular. El diario que los publique está en su derecho de hacer constar que doy clases en un centro universitario -así lo hicieron-. Ahora bien, si para llevar a cabo la crítica de unos usos y abusos generalizados opto por mostrar un ejemplo concreto, lo tendré que hacer o bien guardando el anonimato de los protagonistas o bien mezclando experiencias propias o ajenas e introduciendo la ficción. En efecto, sería inapropiado citar nombres, no sólo porque esto "justificaría" las airadas represalias de los prepotentes de turno, sino también porque sería injusto señalar este caso en exclusiva, aparte de que -no se ha de olvidar- se podría preguntar quién nos ha dado vela en ese entierro. El segundo proceder -incluir componentes ficticios-, no está mal como estrategia y nos conduciría directamente del artículo al cuento. A propósito de uno de ellos hubo quien me recriminó que me identificara como profesor de donde doy clases, por temor a verse salpicado. Y es que hay que contar con la mucha gente que lee mal.

Un reciente estudio de unos profesores de la Universitat de Girona ha señalado que uno de cada cuatro escolares catalanes llega a los quince años sin comprender bien lo que lee. La noticia debe llevar al estudio de las causas y de sus remedios. Nos hace falta "saber" leer para comunicarnos mejor como personas, dilatar nuestras experiencias, aprender a tener razones y a expresarlas, disfrutar de la belleza y la riqueza para transformar la fealdad y la pobreza, que es el sentido hondo del concepto de solidaridad. Por desgracia, entre los profesores universitarios tampoco faltan quienes leen mal y ello porque les sobra suficiencia, pedantería y mala fe y sólo atienden a lo que quieren ver en el escrito. ¡Qué le vamos a hacer! No hay que prestarles atención; es mejor prescindir en lo posible de su trato. A veces fingen leer mal, porque han entendido demasiado bien, y se irritan por sentirse en entredicho públicamente a causa de un "inferior". Pero ellos mismos se señalan con el dedo al encargarse, con torpeza, de hacer de caja de resonancia de esas líneas que no hubieran querido haber visto.

No guardo dudas de que algún afectado por cacicadas actuaría de forma semejante a "los de arriba" en cuanto estuviera en disposición de hacerlo. Por eso mi entusiasmo por la rectificación de las cosas que podrían mejorar siempre va teñido de no pocas gotas de escepticismo. Desgraciadamente, el mundo universitario no es lo ejemplar que debiera y podría ser. Dominado por un ramplón e interesado deseo de acotar el terreno que se puede pisar, sus miserias se aliviarían si fueran advertidas en voz alta por sus propios integrantes. ¿O deberían hacerlo los bárbaros? No se trata ya de capear curanderos, sino del historiador que va al mercado público a vender sus libros y que rechaza, en cambio, a "intrusos" que ensayen con la historia que él quiere divulgar; o del falso y judas jesuita que, secundado por un lacayo esquirol (¿o es al revés?), se dedica a predicar ética con contradictoria altanería y sonora estupidez. De verdad, ¿para qué sirven los títulos? ¿Dónde se puede conseguir el de pensador libre e independiente? Porque, precisamente este, por definición, nunca se puede exhibir y, sin embargo, se puede reconocer. Está ahí.



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