
Esta semana se ha celebrado en Nueva York la cumbre "Río + 5", para analizar, cinco años después, los resultados de los famosos acuerdos que 172 países adoptaron en la Conferencia Mundial de Río de Janeiro sobre Medio Ambiente (1992). Sea cual sea el balance de esta cumbre -cuando escribimos este comentario todavía no lo conocemos- todo lo que se aparte de una fuerte autocrítica por los gobiernos involucrados convertirá esta sesión especial de la Naciones Unidas en una cumbre hipócrita. Las palabras, las muchas palabras, siguen caracterizando a los políticos de todo el mundo cuando se abordan los problemas del medio ambiente. Pero su endémica falta de visión de futuro -¡habría que recordar que gobernar es prever!- hace que sus palabras se conviertan en agua de borrajas cuando se trata de aplicar la voluntad política en el campo de la gestión medioambiental. Indiscutiblemente se avanza en cuanto a sensibilidad, pero muy poco en el cumplimiento de los objetivos que los propios políticos se imponen, siempre a remolque de los acontecimientos y de la presión social. Es indudable que este final de siglo y el principio del siglo XXI estarán marcados por una inquietud fundamental del ser humano: el futuro del planeta. Pero es preciso reconocer, si somos sinceros, que este debate se caracteriza por una dualidad difícil de equilibrar: la profusión y confusión de las ideas.
Está claro que un determinado problema medioambiental adquiere importancia desde el momento en que aparece en los medios de comunicación. Pero las evidencias claras en las cuestiones que afectan al medio ambiente son casi siempre a medio o largo plazo. Además, están sometidas a un perenne debate que salta a uno y otro lado de una verdad que oscila con suma facilidad entre la certidumbre y la incertidumbre científicas. Reflexionemos sobre ello.