Opinión


Trasplantar sólo lo necesario

Josep Català

Biólogo

Este suplemento, recientemente y en más de una ocasión, se ha hecho eco de la multiplicidad de trabajos que en los últimos años se realizan para conseguir mejor calidad de vida para los diabéticos, sean de tipo I (insulinodependientes, DMID) o del II (insulinoindependientes, DMNID). No es para menos: sólo en Cataluña, donde, según cifras del Departament de Sanitat i Seguretat Social se cuenta con un mínimo de 100.000 afectados, la enfermedad le cuesta al erario público más de 2.000 millones de pesetas, sin contar las prescripciones intrahospitalarias. Y ello sin valorar lo que psicológicamente significa para los enfermos su relación de por vida con los fármacos, sea algún tipo de insulina, sean los comprimidos hipoglucemiantes.

Poco después de que Banting y Best lograran aislar la insulina pancreática en 1921 y demostraran su papel fundamental en la diabetes, Cataluña, de la mano del doctor Rossend Carrasco i Formiguera, se convirtió en punto de referencia peninsular en el tratamiento de esta patología. Era el año 1923, y actualmente sigue en esa privilegiada posición. Los estudios y trabajos que se realizan en nuestras universidades y hospitales son la mejor prueba de ello. Junto con la puesta a punto de nuevos y prometedores fármacos, sin olvidar los ensayos sobre animales transgénicos, los 133 trasplantes de páncreas que contabilizamos lo reafirman. El "índice pmp" referido a páncreas alcanza en Cataluña un valor de 3,02, cuando la media española en sólo de 0,52 y la europea de 0,65. Convencido defensor de los trasplantes como eficaz terapéutica para no pocas enfermedades en tanto no llega para algunas de ellas mejor solución, como la terapia génica, postulo para los diabéticos tipo I el injerto de páncreas. Claro está que no de manera indiscriminada, sino siguiendo no sólo los protocolos específicos, sino también el ojo clínico que aún hoy, en plena vorágine tecnológica, demuestran tener nuestros trasplantadores. ¿Reemplazar, por tanto, el páncreas dañado, incapaz -total o parcialmente- de secretar insulina? De lo publicado recientemente en estas mismas páginas podría deducirse un sí rotundo. Personalmente defiendo el "sí pero no". El páncreas es, obviamente, un órgano vascularizado, lo que conlleva una gran posibilidad de rechazo por el receptor. Es cierto que actualmente se dispone de fármacos -la singular ciclosporina entre ellos- que, bien administrados, solos o en combinación, reducen sensiblemente aquella posibilidad. Pero lo cierto es que no desaparece totalmente y, aunque con diferencia, viene a ser como decirle al enfermo que en lugar de insulina debe tomar inmunosupresores. Por otra parte, tampoco debe olvidarse que el páncreas secreta por partida doble: la insulina, endocrina, pero también los jugos pancreáticos, exocrinos, que desempeñan un relevante papel en la digestión de los alimentos. Trasplantar un páncreas impone, por tanto, idear una solución para estos productos exocrinos, lo cual no es tarea fácil. De ahí mi duda ante el trasplante total.

Existe una soluciÓn de futuro que ya ha superado el plano teórico, pero que, según intuyo, no recibe todavía los esfuerzos necesarios para convertirse en una práctica habitual. En efecto: en un páncreas (pongamos 150 gramos de peso), sólo los islotes de Langerhans, y más concretamente las células ß (unos 1,5 gramos el total del páncreas), elaboran la preciada insulina. ¿Por qué, entonces, no trasplantar estrictamente esos pocos gramos, bien individualizados, evitando así los problemas inherentes a un injerto de todo un órgano vascularizado?

Se han hecho y se hacen ensayos en Cataluña, bastantes- que consisten en provocar el anidamiento de las referidas células en el hígado, por decirlo de una forma comprensible. Se consigue así la secreción de insulina, pero el hígado descubre pronto el engaño y lucha contra esos cuerpos extraños que ha recibido. La solución óptima reside en implantar -¡y para ello basta con cirugía menor!- en el brazo, por ejemplo, un canalículo repleto de células ß previamente tratadas en el laboratorio. Ellas suministrarán la insulina a la sangre, con la posibilidad añadida de que, en caso de fracaso o necesidad de recambio, basta una intervención ambulatoria para sustituir el canalículo.

No se trata, ni de lejos, de medicina-ficción, pues lo cierto es que ya se han realizado no pocos ensayos, con buenos resultados. Existen expertos, como por ejemplo el doctor Ramon Gomis, jefe de la Unitat de Diabetis del Hospital Clínic de Barcelona, que sueñan con ello día y noche, por lo factible que resulta. Pero no parece que la industria farmacéutica aplique sus máximos esfuerzos y recursos en dar con el material idóneo para construir los canalículos-contenedores de las células ß. Vamos por un momento a suponerlo: ¿en cuántos enteros de calidad de vida aumentaría la existencia de las personas diabéticas, que podrían olvidarse de fármacos, sólo con implantarse este minúsculo injerto en el brazo?



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