Opinión


¿Universidades o centros docentes?

Agustí Reventós i Tarrida

Catedrático de Geometría y Topología
Universitat Autònoma de Barcelona

El artículo de mi colega Marcial Moreno publicado en esta misma sección, el día 7 de junio, me anima a enviarles las siguientes reflexiones sobre la situación de la universidad. En efecto, en dicho artículo he visto reflejada mi opinión, formada durante los últimos años, de que la universidad, entendida como centro creador y transmisor de conocimiento, está en serio peligro de extinción. Es cierto que desde la política se intenta dar la imagen contraria, es decir, que se crean nuevas universidades y que se hacen esfuerzos en inversiones. Pero, me parece que estamos utilizando la misma palabra, universidad, para hablar de unas cuestiones que son totalmente distintas.

Por lo general, existe un gran desconocimiento sobre la universidad, que queda patente en las numerosas veces que los profesores hemos tenido que soportar comentarios de personas que con toda su buena fe nos recriminan los meses de vacaciones que, según ellos, hacemos. Creo que la confusión se produce porque se cree que en la universidad tan sólo se dan clases de materias muy conocidas que no hay que preparar, de manera que, acabado el curso académico, comienzan las vacaciones. Empezaremos por decir que la universidad no es una empresa; aunque es cierto que tiene muchos elementos en común con las empresas, puesto que debe gestionar un presupuesto, cuenta con trabajadores, con clientes... pero no cumple lo que creo es la característica fundamental de la empresa: la voluntad de ganar dinero.

Hace muchos años que las sociedades más avanzadas se dieron cuenta de la necesidad de inventar algún ente, llamémosle universidad, que sirviese para crear y transmitir conocimientos a largo plazo. Es decir, sin la preocupación agobiante del qué comeremos mañana. Tal vez por ello, siempre se dice que la edad de las universidades se mide en siglos. La extraordinariamente preocupante situación económica actual conduce a una política universitaria de competencia con las empresas, que pone los pelos de punta a personas como Marcial Moreno, a pesar de que él pertenece a una de las ciencias que más se aplican, la química orgánica, pues se puede caer en el error de considerar a la universidad como una empresa más y juzgarla por parámetros mercantiles. Como he dicho anteriormente, esto va radicalmente en contra de los orígenes y la razón de ser de la universidad. El problema es mucho más grave en ámbitos del saber con menor aplicación. No se qué deben pensar, por ejemplo, los filósofos.

La universidad, tal como la entiendo, es un centro en el que se estudia y se investiga. Creado por una sociedad consciente de su necesidad. También se dan clases, por supuesto, pero como una consecuencia de lo anterior, y no al revés. El estudiante debería encontrar en la universidad un ambiente de trabajo en el que le fuera fácil integrarse. Buenas bibliotecas con cómodas salas de estudio y fácil acceso a los profesores. El profesor, por lo menos el buen profesor, puede ahorrar meses de trabajo a un estudiante en media hora de atinados consejos. Esta tarea, realizada generalmente fuera de las aulas, es el punto central de una de nuestras obligaciones: la labor docente. A pesar de ello, la universidad tampoco es una escuela o un instituto. Nuestros estudiantes deberían cumplir un requisito fundamental para poder serlo: querer serlo. Parece una trivialidad, pero les aseguro que no lo es. Es tan grande la inercia y tan preocupante el paro, que cada vez hay más alumnos en la universidad que no cumplen este requisito. Es una de las causas que más contribuye a la muerte de la universidad de la que hablaba al principio. Tal vez, la famosa selectividad debería reducirse a esta única pregunta: ¿tiene realmente interés en aprender?. Por el contrario, en los actuales institutos encontramos a alumnos, la mayoría de ellos menores de edad, a los que no se les pide en absoluto que tomen la decisión -que es propia de adultos- de si desean o no aprender. Me parece bien, pero aceptemos que existe una diferencia abismal entre estos centros y las universidades. Actualmente, se convierten en institutos, llamémosles de terciaria, en los que mantenemos más o menos controlados a los jóvenes. De esta manera se matan dos pájaros de un tiro, pues se controla el paro y se vende la imagen de que tenemos universidad. ¿Universidad o centro docente? Urge un replanteamiento de la política universitaria que devuelva a la universidad su papel de centro creador y transmisor de conocimiento.



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