
Esta semana el Parlamento europeo ha votado una nueva versión de lo que se conoce como directiva de Patentes sobre la vida, que intenta regular la concesión de estas a productos derivados del material genético de organismos vivos. La anterior propuesta fue rechazada hace dos años, en gran parte debido al desconocimiento que se atribuyó a los europarlamentarios, así como a la buena campaña que condujeron las organizaciones no gubernamentales. La industria biotecnológica aprendió entonces la lección y ha ejercido un poderoso "lobbying" del que parece haber sacado un buen provecho.
Obviamente no es aquí el lugar para analizar el problema, sino para poner de relieve un aspecto que clama al cielo. Parece evidente que el debate pasa de largo en la sociedad; este es uno de los asuntos en los que no podemos permitirnos el lujo de descuidarnos, si no queremos algún día levantarnos en un mundo donde los árboles y los gatos lleven marca comercial. En Suiza puede incluso votarse si las vacas deben llevar cencerros o no al cruzar un pueblo, y nosotros dejamos que unos europarlamentarios que hace dos años "ignoraban" todo sobre esta cuestión voten sobre si los genes de nuestra madre pueden patentarse para fabricar la leche que daremos en el futuro a nuestros hijos.
La cuestión ya no es de patentes, no nos engañemos, sino del tejido moral con el que queremos tejer nuestro futuro. Debería parecernos intolerable que los intereses económicos o científicos no sólo vayan por delante de los éticos, sino que incluso los arrollen. Si el problema es complicado, adoptemos lo que podríamos denominar el "efecto Feynman", en honor a una anécdota atribuida al notable físico del mismo nombre. Feynman supervisaba un día los planos de un laboratorio nuclear y ante algunos signos que no entendía se limitó a preguntar "¿qué sucedería si esto dejara de funcionar?" El mundo se merece que, cuando menos, nos tomemos en serio la reflexión sobre qué pasará si patentamos la vida.